Recordar con generosidad

En su nuevo libro, Trópico Frío, Verónica Jiménez explora desde su presente físico aquello que alberga su memoria. Utiliza sus obsesiones y sus ideas recurrentes para darle sentido a lo que carece de él: ser escritora, ver la crisis de las profesiones modernas, percibir el privilegio de su país en riesgo verdadero por primera vez en su historia. Esto lo podemos ver como sintomático de algo más que la aqueja y que guía su proceso de reconstrucción de memoria hacia la proyección a futuro de su identidad personal. La casa en la que vivió experiencias que la nostalgia ha vuelto formativas, se entrecruza con la figura de escritores costarricenses de un pasado que se siente tanto lejano como cercano. No son muchos quienes dicen que en el kínder se forjó su destino, pero Vero no es como muchos. Esto nos lo probará al extender la amplia red de su memoria para atrapar aquellos recuerdos que nadan en el material nuboso que los contiene.

Tiene sentido el utilizar la firmeza de lo ya pasado para anclar una idea de nuestro presente y futuro. Si bien en el texto esto parece más vinculado a lo personal (su imagen dentro de un colectivo, su historia familiar, la añoranza de un tiempo de infancia y de esos recuerdos que siempre serán evocados con gusto), esta intención creo que está más vinculada a la angustia y duda generalizada que radica en el presente. Aunque no sea explícito, Verónica está trazando un manual o guía de disociación saludable y constructiva. 

La disociación tiene muy mala reputación, se la adjudicamos a procesos que desvirtúan la experiencia y alienan al ser de su contexto, no obstante creo que un “contexto duro y sólido, singular” es en sí una desvirtuación de la experiencia. Por esto me parece que el trabajo en Trópico Frío nos guía a su manera sobre cómo traer aquello valioso del pasado a nuestro presente y no recorrer la dirección convencional de la nostalgia. Verónica comparte su memoria con sus amigas, con su familia, con mentores (maestras y modelos a seguir de su infancia) para nutrirles con el virtuoso sustrato de lo que es recordado con perseverancia e, inevitablemente, con generosidad.

Dentro de su gesto de ideación y ejercicios mentales de los cuales la memoria y la imaginación están compuestos, Verónica se vincula con uno que me es un tanto molesto, radicado en el arquetipo de les intelectuales. Si bien puede que lo dicho durante la presentación del libro me insistiera más en ese tema que el mismo libro, hay algo que me parece que la autora no percibe o por lo menos no prioriza del gesto de su libro y del gesto de su vida en sí: A pesar de su añoranza no nos hace falta intelectualidad, nos hace falta emocionalidad. 

Con esto a lo que apunto es que un proceso sano de integración y proyección de nuestras emociones es mucho más urgente, complejo y profundo que aquella intelectualidad que echa en falta y encuentra en todas partes a la hora de visitar la historia literaria y política de América Latina. 

Mi perspectiva es que hay un sitio superior en el que los procesos mentales se conjuntan con los emocionales, que nos permiten percibir que la compasión es ética, el perdón es ingeniería y el silencio es antropología.

La fijación por la intelectualidad de otra época no es algo raro ni vergonzoso, también puedo entender el anhelo y la idealización por lo que no se tuvo, pero también creo que eso es producto de nuestra baja autoestima, que nos hace percibir la otredad como evidencia de nuestro defecto y carencia. Sí, la memoria es un gesto político pero el trauma también es un acto de memoria, así que las construcciones mentales que hacemos deben ser pasadas por un tamiz del presente, que se construye a través de higiene emocional, sinceridad autocrítica y radical. Yo creo que todo esto se puede hacer sin ser crueles con nosotres mismes y lo encuentro a ratos en el libro pero también lo veo atravesado por el deseo de volver al rol de la infancia, a un mundo en el que existen adultos, no como el actual.

La dimensión performática de la intelectualidad me parece un tema tierno e ingenuo. Algo sobre lo que no me pongo por encima. Creo que cada quien tiene su forma de romantizar la vida, que me parece algo bello sobre la naturaleza humana, solo que esto también me remite a lo que mencionaba anteriormente del ejercicio de ideación de la memoria: usémoslo a nuestro favor y el de aquelles que nos rodean.

Para mí Verónica es algo más importante y valioso que un intelectual. Es alguien que, insatisfecha dentro de su experiencia, quiere que las cosas sean diferentes y toma la ruta que cree que las cambiará. Una ruta que invoca memorias y figuras casi sólidas de nuestro pasado para reformular la aprehensión de la realidad. La escritura de este libro resulta la ejecución de lo aspiracional, es decir, una manifestación de poder que transforma la realidad.

A medida que avanzo en el libro me veo encantado por la idea que transmite Verónica de la bibliografía que cruza con la escritura. He leído bastante literatura nacional, pero decir que viajo regularmente más atrás de los 90s para alimentarme de literatura nacional sería una mentira. Sí, leí el Jaúl, Te acordás hermano, Mamita Yunai, La ruta de su evasión y muchos otros libros de esa época renacentista de la cultura costarricense, pero hasta leer este libro comienzo a sensibilizarme respecto a la posibilidad de que en esos libros exista algo que me nutra y me motive en mi gesto actual, algo que desafía mi expectativa sobre conservadurismo y mediocridad y que Vero evoca, señalando que unas y unos cuantos, hace lo que se siente cien años, ya afrontaron esta pesadez y dejaron expresadas cosas sensatas o por lo menos sensibles al respecto. 

Le agradezco esto a Vero, hacer que yo, un editor desencantado que mira hacia el presente y el futuro con una urgencia enmascarada de esperanza (urgiendo por la ambulancia que atenderá a una colectividad flagelada de maneras que no entiende y subestima), considere el pasado reciente un sitio en el que cierta dignidad y calidez compleja existió. No soy un cínico, tampoco nihilista, pero años en el mundillo literario y en la industria editorial me han endurecido, me han alienado y es en mis amigues donde todavía encuentro razón para conectar, no obstante a ratos considero insincera mi convicción en trabajo, no veo la aguja moverse, solo acúmulo y acúmulo decepciones respecto a lo que el contexto cultural podría ser dentro de las condiciones privilegiadas de este país centroamericano. Pero bueno, veo ahora que de algo puro y urgente me contagió la lectura de Trópico Frío. Y por eso le agradezco a Vero.